miércoles, 28 septiembre, 2022

Fundamentos

Los siguientes fundamentos expresan las razones que sostienen cada uno de los 10 puntos del Compromiso Humano.

Cultura de la Paz

La historia de nuestra especie ha sido un constante avance a través de las dificultades en busca de la seguridad y la paz.

Aún suenan en nuestro subconsciente los tambores de guerra del pasado o las antiguas sentencias preventivas: “Si vis pacem para bellum”. Hoy día siguen habiendo violencia y contiendas en algunas partes del mundo, usualmente entre los colectivos o países más atrasados. Y, por desgracia, muchos de los actuales episodios bélicos están causados por la codicia de los más avanzados. Sin embargo, desde la última gran guerra, la humanidad parece más concienciada de que esa no es la vía correcta.

Es necesario esforzarse por llevar la cultura de la paz a todos los confines del mundo. Ya no es una quimera trabajar por la paz, la tenemos a nuestro alcance si lo hacemos juntos; valdrá la pena comprometernos cuanto antes en ello.

Sin imposiciones

No ha de ser por vía de imposición, sino por la del respeto mutuo como, paulatinamente, los adelantos científicos y sociales podrán ser asimilados por cualquier colectivo humano. Al mismo tiempo, todos debemos esforzarnos por

nuestra parte, a fin de conocer los valores genuinos de los demás, pues “nadie es tan pobre que no tenga nada para dar, ni tan rico que no tenga algo que recibir”. Por medio de la generosidad de todos se podrán consensuar cambios de progreso aceptables.

Cooperación

Tampoco podemos jactarnos de nuestro desarrollo en el llamado primer mundo, porque comodidades provienen, en gran manera, de los países subdesarrollados. Ya sea gracias a su mano de obra o a sus materias primas, habitualmente mal pagadas por las empresas extranjeras que las explotan.

Hubiese bastado con respetar los compromisos incumplidos, durante décadas, de transferir a las naciones subdesarrolladas el 0,7 % del producto nacional bruto de los países más prósperos. Es algo que la cicatería imperante en los gobiernos de esos países continua limitando. ¿Qué pasaría si, simplemente, piden todos los ciudadanos que deduzcan de su renta esa mínima cantidad? ¿Somos capaces de exigirles eso a nuestros gobiernos? Estamos hablando, en un país como España, de un promedio aproximado de 200 € por habitante al año.

Aunque también es preciso un riguroso control en la administración de esos fondos, tanto por quienes los aporten como por quienes los reciban, para atajar el peligro de que se malversen. A pesar de todo, debe reconocerse como dato positivo, que ese acuerdo de cooperación fue adoptado por la Asamblea General de la ONU en octubre de 1970. Desde entonces, el mapa de la pobreza y el hambre en el mundo se ha ido achicando de forma constante. Pero no por ello se pueden reducir esfuerzos, hasta alcanzar la meta de una justa distribución de la riqueza a nivel global.

Derechos humanos

Respetar a nuestros semejantes es insuficiente, ellos se merecen más, por el hecho de que cada persona al nacer es digna de gozar y disfrutar de lo mismo que los demás. Parece fácil de entender, pero difícil de realizar cuando nos dejamos llevar por miedos a lo distinto o por nuestro egoísmo. Para corregirlo hay que aprender a salir del acomodamiento, con ánimo de comprometerse en actividades sociales.

Ayudar al prójimo es una terapia curativa. Al ponerla en práctica, se descubre que es entonces cuando recibimos. Aportamos lo que podemos y se nos paga con la mayor felicidad; un valor carente de precio del que todos andamos escasos.

Tampoco es conveniente ayudar de forma indiscriminada, para no generar un sentimiento de dependencia en quienes reciben nuestro auxilio. Se trata de acompañar al necesitado mostrándole las vías para superar su adversidad.

Si le das un pescado a un pobre, solucionas su hambre inmediata. Si le das una caña y le enseñas a pescar, le ayudas a resolver su futuro.

Hijos de nuestro pasado

Cualquiera que investigue sus orígenes llegará a encontrar mancillas en sus antepasados. Pero, de no haber existido nuestros ancestros tampoco habríamos llegado a nacer. Es una evidencia que parece no ser aceptada por quienes utilizan la Historia como argumento reivindicativo de antiguos agravios que, supuestamente, deberían ser compensados. Un acto vil, por creerse con derecho a juzgar a los descendientes de otros pueblos, razas o culturas que se impusieron en el pasado. Los nacionalismos exacerbados beben de esa amargura, tratando de contagiarla a su entorno familiar y

social. La única salida válida es olvidar cualquier pendencia caduca y prepararse para afrontar el futuro estando desprovistos de lastres.

Perdón sin rencor

Todos, salvo los niños de temprana edad, tenemos algo por lo que ser perdonados. Es de índole distinta a las faltas o equivocaciones, ordinariamente cometidas sin querer, las cuales se resuelven mediante simples disculpas. Lo que realmente necesita ser perdonado es aquello, de cierta gravedad, realizado con mala intención o por un morboso deseo de menoscabar al prójimo. También habría que incluir las acciones negligentes que, pudiendo ser evitadas, perjudican a otros. Pero hay algo de lo que todos somos culpables y, sin embargo, pasa desapercibido, siendo un mal generalizado. Se trata de la pasividad ante las injusticias, convertida en una especie de culpa colectiva por falta de concienciación social. No es algo condenable por algún tribunal, pero, sin duda, daña al colectivo humano. Solo quienes se aperciben de semejante inmoralidad pueden, armados del imprescindible arrojo, ser consecuentes con un deber cívico al que todos deberían sumarse. La Historia destaca y premia a aquellos que, de una u otra forma, dieron sus vidas por los demás, sin contar los héroes anónimos que también lo hicieron y honran nuestra especie.

Moralmente, toda persona es digna de perdón, incluso los condenados a una pena capital irrevocable según la ley. También ellos pueden ser absueltos, de corazón, por los directamente afectados. Aunque escasos, son conocidos episodios de esa clase que también realzan la humanidad.

El perdón sincero es una gran expresión de amor capaz de reparar cualquier mal cometido. Enaltece a quien lo ejerce y salva al que lo recibe, si este lo acepta con humildad.

Generosidad

“No es más rico el que más tiene sino el que menos necesita”. Se trata de una frase atribuida a Buda Gautama, a la que podría cambiarse su final por este otro: “sino aquel que lo reparte con generosidad”. En el fondo vendría a decir lo mismo, porque la persona generosa es desprendida y, por tanto, no siente apetencia por acaparar.

Pese a existir numerosas sentencias parecidas, las personas tendemos a desear la abundancia. Pero, siempre que este sabiamente dominado, ese deseo puede transformarse en una fuente de inspiración para el que anhela lo sublime en cualquier actividad humana, especialmente las artísticas.

Quien haya realizado un acto desprendido, sin finalidad de lucro, habrá podido comprobar la satisfacción que eso conlleva. Es algo al alcance de cualquiera. Porque las pocas o muchas cosas que poseemos nos atan por el simple miedo a perderlas. En cambio, dando lo que tenemos nos liberamos del influjo de su pertenencia. Sin nada venimos al mundo y nada nos llevaremos al morir. Aunque no es fácil de aceptar, todos lo asumimos por propia experiencia.

Hace falta añadir que generosidad no significa malgastar o desprenderse de los bienes alocadamente. Es preciso actuar con sensatez para no desperdiciar inútilmente lo que se da, corriendo el riesgo de hacer más daño que bien.

Mejorarnos para mejorar el mundo

Hasta el menos afortunado puede mejorar el mundo con solo mejorarse a sí mismo. Prestando atención a nuestro entorno, la propia Naturaleza nos enseña y se convierte en ámbito de instrucción. Así aprendieron los primeros humanos y así aprenden hoy las tribus primitivas para sobrevivir en las zonas más inhóspitas del planeta.

Científicos expertos en el medio natural, estudian las formas de vida de pueblos indígenas, sacando provecho de sus conocimientos selváticos, como se ha demostrado en el campo de los medicamentos.

Todos podemos encontrar vías de ilustración que, de ser bien utilizadas, nos conducirán al gozo del discernimiento.

El saber abre puertas a la libertad, ampliarlo nos enriquece y compartirlo colma de felicidad.

Compromiso

Esta Declaración es una convocatoria para invitar a unirse en una causa que a todos nos incumbe: “el bien de la humanidad y del planeta que habita”. Aunque puedan parecer dos vías, en realidad, ambas forman una causa común, pues un bien subsume el otro.

Al suscribir estas propuestas, cada persona hace suyos los compromisos recogidos en sus diez puntos fundamentales. Todos son asequibles para ser cumplidos libremente. Y cada uno será su propio verificador respecto al deber moral contraído, como persona adulta y consciente, de los valores que se contemplan.

Según los temas que se elijan, la participación en los distintos foros promovidos en esta “Plataforma de Encuentro” será por libre elección, siguiendo unas directrices sencillas que sirvan para encausar los debates de forma equilibrada.

Respeto

La buena educación es una forma de transmitir a los demás nuestro respeto. Sin embargo, viene siendo denostada en nuestro tiempo, mayormente en los países opulentos. Por algunos es considerada un viejo signo de distinción clasista. Y, de ahí, es fácil llegar a creer que la ausencia de modales signifique franqueza o camaradería. No se trata de imponer unas reglas que coarten la confianza, pero los términos que separan cualquier confianza de la estulticia o la grosería deben quedar bien delimitados.

Respetar a las personas siempre está a nuestro alcance, así podemos expresarles cuánto nos importan. Y cualquier foro de debate se malogra por la falta de respeto entre los participantes. Para este fin, tendrán que designarse moderadores capacitados en cada foro o sección temática que se promueva dentro de este ámbito de “Compromiso Humano”

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